Una mejor comprensión del modo en que el cerebro genera
placer podría mejorar los tratamientos contra la adicción y la depresión, e
incluso crear una nueva ciencia de la felicidad.
En los años cincuenta, el psiquiatra Robert Heat, de la
Universidad de Tulane, comenzó un controvertido programa. Mediante cirugía,
implantaba electrodos en el cerebro de pacientes ingresados con epilepsia,
esquizofrenia, depresión y otras enfermedades neurológicas graves. Su objetivo
inicial consistía en localizar la base biológica de tales trastornos y, tal
vez, por medio de la estimación artificial de esas regiones, curar al individuo.
(ARTÍCULO
DE REVISTA: EN:
Investigación y Ciencia, Nº 433, 2012, páginas 72 a 77, disponible en Biblioteca San Joaquín).

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