Durante el siglo XIX la energía que movía al mundo era el carbón:
ferrocarriles y tranvías, vapores, fábricas de gas para el alumbrado, máquinas
agrícolas y otros ingenios. A partir de 1851, la electricidad hizo su estreno
en el país al ritmo de los impulsos eléctricos que comunicaban los telégrafos
de Santiago y Valparaíso.
En 1883, cuando la magia de la luz eléctrica iluminó la plaza de Armas de la
capital, la energía eléctrica deslumbró a los chilenos.
La nueva energía cambió los hábitos domésticos y laborales de los chilenos,
especialmente de los habitantes de ciudades y pueblos donde, en las primeras
décadas del siglo XX, la electricidad se convirtió en un símbolo de la
modernización de la vida urbana nacional. Este proceso fue llevado a cabo por
empresarios chilenos y extranjeros que crearon cientos de pequeñas empresas
eléctricas en pueblos y ciudades de Chile, destacando la
Chilean Electric Tramway and Light Company y la Compañía Alemana Transatlántica
de Electricidad que operaban en Santiago; la Compañía General de Electricidad
Industrial, de capitalistas chilenos, que prestaba servicios desde San Bernardo
a Temuco. A esto hay que sumar el aporte de las grandes industrias mineras que
instalaron sus propias centrales eléctricas para modernizar sus operaciones.
Al comenzar la década de 1920, la generación y suministro de energía
experimentó un impresionante desarrollo, expresado en el surgimiento de una
nueva empresa eléctrica en Santiago, denominada Compañía Chilena
de Electricidad. Frente a esta expansión, el Estado debió
legislar para regular esta actividad y en 1925 se promulgó la Ley General de
Servicios Eléctricos.
Este proceso empresarial modernizador tuvo enormes repercusiones en la vida
cotidiana de los habitantes de las ciudades chilenas, especialmente en
Santiago, que muy pronto gozaron de los beneficios de la
electricidad. La iluminación de
las calles y casas particulares con ampolletas
incandescentes, desplazó a las lámparas de gas. Asimismo, la proliferación de
los tranvías
eléctricos cambió los hábitos de transporte de los
chilenos.
Una singular competencia se dio entre el gas y la
electricidad por el mercado de artefactos domésticos:
cocinas, calentadores de agua, planchas, refrigeradores y radios. Enormes
letreros luminosos y nuevas tiendas especializadas exhibían en sus vitrinas los
modernos electrodomésticos, destacando sus virtudes para modernizar la vida
cotidiana del hogar chileno de las clases acomodadas del país, las únicas que
en esta época pudieron gozar de las comodidades que traía la electricidad.

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